Jamiroquai monta la fiesta en Madrid

Hacía siete años que “Jay” Kay y su banda no editaban disco, los mismos que no salían a recorrer el mundo con su pista de baile ambulante. Jamiroquai pasó por Madrid cubriéndose de gloria ante una audiencia entregada desde el primer minuto gracias a un setlist tejido de canciones nuevas y más pretéritas.

Bien en forma, durante el show pudimos disfrutar de un líder que se pavoneaba en el escenario de un Wizink abarrotado junto a su séquito de músicos para acercarnos el nuevo material de “Automaton”, además de los máximos hits de su catálogo musical, el cual ya cumple 25 años.

La velada comenzaba puntual a las 9 y media con “Shake It On” y “Little L” (2017 y 2001, respectivamente), que ya nos hacían intuir los niveles de fiesta y viajes en el tiempo que estaban por llegar.

Su particular corona de luces LED se iluminaba contagiada por su inconfundible voz soul, tan liviana como hace una década, el único instrumento que, por cierto, permanece en la alineación original del grupo. Las canciones siguen sonando brillantes y los bailes hilarantes y funky de Jay fueron uno de los puntos destacados de la noche en temas como el reciente “Superfresh”.

Casi sin pausa, la banda ejecutó clásicos como “Love Foolosophy” o “The Kids”, que cabalgó con su coetáneo “Space Cowboy”. O la espacial y contagiosa “Cosmic Girl”, que nos tuvo a todos cantando y bailando sin parar.

Mención también al telón multimedia que guardaba e iluminaba las espaldas del espectáculo, erigido por un grupo de veteranos tan ágiles en su propio género que es difícil no diferenciarlos del resto del ecosistema musical. Pocas bandas de los noventa han permanecido fieles a su sonido, y Jamiroquai mantiene intacta esa frescura que queríamos vivir.

Con la segunda mitad llegaron otros como “(Don’t) Give Hate a Chance” o la línea de bajos de “Runaway”. Para finalizar, “Virtual Insanity” fue la gran pieza de cierre que en su momento puso a bailar a medio mundo y a todo el recinto en esta ocasión con sus inconfundibles acordes de piano.

Muy pocos parones hubo en el set, para deleite de los más bailongos, porque eso precisamente consiguieron los ingleses, hacernos bailar sin tregua. Jamiroquai es, sin duda, una bofetada a la parte británica más modesta y sosa, creando un equilibrio entre destreza técnica y pop/funk magistral.

Las casi dos horas de concierto nos sirvió para ver que merecía la pena desenfundar el móvil (con mesura) para captar los movimientos de Jay, de 47 años, la fuerza centrífuga del grupo y el cerebro que los catapulta como uno de los directos más vanguardistas, aunque lleve elaborados (y raros) sombreros y chaqueta de chándal. Todo hay que decirlo.

Imágenes: WiZink Center


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